Aprendí a hacer instrumentos de la familia del violín en la Escuela de Laudería del Instituto Nacional de Bellas Artes en México, pero mi interés por la música viene de mucho tiempo atrás.

Mi madre era maestra de piano. Desde que tengo memoria, recuerdo el sonido de este instrumento vibrando entre las paredes de la casa. Entre las lecciones que impartía a sus alumnos, a mis seis hermanos mayores y a mí; y entre el sonido de la música clásica de los cientos de discos de vinil de mi padre, transcurrió mi infancia.

A los 12 años empecé a trabajar los fines de semana en el negocio familiar, una fábrica de productos electrónicos, en donde por horas hacía el mismo proceso, buscando diferentes maneras de realizarlo y mejorarlo. Esto en lugar de molestarme, me agradaba. Creo que así desarrollé el gusto por hacer cosas con las manos sin aburrirme.

Continué mis estudios de piano y etnomusicología en la Escuela Nacional de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México; también estudié ingeniería física en la Universidad Autónoma Metropolitana, pero me di cuenta de que no era lo mío y seguí buscando. La laudería es un oficio poco común, que mucha gente desconoce. Busqué más sobre el arte de hacer violines y visité la Escuela de Laudería ubicada en una casona colonial del centro histórico de Querétaro. Llegué en el mejor momento para inscribirme y conseguí entrar. En ese entonces estaba dirigida por el Mtro. Lufthi Becker. Ahí aprendí a hacer violines siguiendo las técnicas de la escuela francesa de laudería, con herramientas similares y trabajando en grupos muy pequeños. También recibí clases de violonchelo por parte de excelentes maestros y le tomé un aprecio particular a este instrumento.

Unos años después tuve la oportunidad de viajar a Australia. En Melbourne trabajé en el taller de Benedict Puglisi, uno de los lauderos más reconocidos de este país. Puglisi se especializa en contrabajos que construye para músicos australianos y asiáticos. En su taller aprendí lo que significa el teje maneje de la administración de este negocio, el dedicarse por completo a la laudería y a trabajar con especialistas de distintas partes del mundo.

Un par de años después regresé a México y me dediqué a hacer laudería ambulante. Recorrí distintas ciudades del país en las cuales me quedaba una temporada haciendo reparaciones y ajustes, conociendo músicos e involucrándome en la vida cultural. Así estuve un buen tiempo hasta establecerme en la Ciudad de Mérida, Yucatán, en el año 2003.

Mi taller en Mérida está abierto de tiempo completo, para cualquier persona que requiera servicios de laudería. Ello me ha permitido estar en contacto con los clientes, conocer sus necesidades y darles un servicio personalizado. También me ha permitido literalmente ver el crecimiento de mis clientes, desde pequeños aprendices hasta músicos profesionales. De la misma manera, he visto cómo la comunidad musical ha crecido, sobre todo en esta última década.

Aunque construyo todos los instrumentos de la familia del violín, me he especializado en violonchelos porque me siento muy cómodo haciéndolos.  Los instrumentos que he construido han sido adquiridos en su mayoría por músicos que tocan en orquestas de México y del extranjero. Algunos de ellos me visitan de vez en cuando, y es muy interesante ver cómo ha ido evolucionando su instrumento.

Hay dos principales retos que he enfrentado como laudero desde que establecí mi taller. El primero es hacer laudería en un clima tropical. Muchas de las técnicas que aprendí son adecuadas para climas templados o fríos, pero con la humedad todo cambia, todo se mueve. Después de mucho experimentar he podido resolver la mayoría de los problemas, pero no todos.

El segundo reto es hacer que los músicos (y los administradores musicales) adquieran instrumentos de autores contemporáneos y mexicanos. Actualmente en nuestro país se está haciendo laudería innovadora y de gran calidad. Comprar instrumentos nuevos tiene varias ventajas: poseen una gran calidad de sonido, tienen una mayor estabilidad en un mundo en donde los músicos viajan todo el tiempo; no se les tiene que hacer costosas restauraciones, y el músico moldea de una forma muy personal el sonido de su instrumento.

Finalmente, para el músico su instrumento llega a ser una extensión propia. Ese objeto con el que pasa muchas horas al día, o incluso toda una vida, le permite expresarse, y ser. Como laudero, mi propósito es construir ese instrumento especial: desde traer la madera de un bosque recóndito de Europa y trabajarla por meses, hasta dar forma al instrumento y ajustarlo. Y conseguir que con este instrumento único, el músico pueda expresar lo mejor de sí al interpretar una obra.